Siguiendo con la línea del artículo sobre las «buenas intenciones», estas últimas semanas me he fijado en otra de esas particularidades de la comunicación, que puede pasar inadvertida ante nuestros ojos, pero que termina teniendo un gran impacto en las sensaciones y las emociones que despertamos en las personas con las que tratamos. Como bien has podido deducir por el título de este artículo, me refiero al uso de las metáforas. Y no lo digo porque no me guste el uso de éstas o porque esté en contra ¡al contrario! creo que es un recurso de lo más rico para explicar cosas que escapan a nuestra habilidad como emisores (y también como receptores) del mensaje; lo digo porque debemos ser más cautelosos a la hora de utilizarlas ya que una utilización negligente o inconsciente de estas puede distorsionar la comunicación con nuestros interlocutores y provocar consecuencias difíciles de controlar.

Estas metáforas que todos utilizamos en algún momento por falta de vocabulario, tensión, cansancio u otras situaciones mentales que no voy a listar, pueden generar en los actores de la comunicación una imagen muy alejada de la realidad, sesgada o parcial que no ayude a la conversación. Si se trata de una conversación «intrascendente» (en el bar hablando de política, fútbol o diferencias entre corrientes existencialistas) puede que el impacto no sea otro que el de encallar la charla y simplemente se termine hablando de otras cosas, pero piensa que pasa si se trata de una reunión con tu jefe o una discusión de pareja… ¿Cuál sería el efecto real de que alguien dijese «estamos en un callejón sin salida»?

Déjame que te de un par de ejemplos más concretos que me he encontrado recientemente para que me entiendas mejor:

En el primero de ellos, en una charla sobre perspectivas de futuro, uno de los participantes terminó diciendo «es que yo lo he apostado todo a X… si falla me quedo sin nada». Mientras decía esto incluso hacía el gesto con la mano como si estuviese en una ruleta y empujara todas las fichas al cero (bueno, reconozco que lo del cero me lo he inventado, pero le da más dramatismo a la escena ¿no?). Esta persona no era consciente de lo que estaba haciendo pero realmente, en su cabeza, se estaba imaginando el casino entero, el ruido de las máquinas, el olor a gin-tonic en la moqueta, luz tenue y una gran ruleta iluminada como un estadio de fútbol en medio de todo eso, y en esa ruleta la pequeña bolita girando… a cámara lenta, a la derecha del cero, a la izquierda del cero… mirando, a su vez, como todas sus fichas estaban posadas sobre la mesa y como TODA su vida colgaba del azar.

Evidentemente la situación no se parecía en absoluto a la representación mental que esa persona se estaba haciendo de la situación pero por un momento, aunque de forma inconsciente, se había transportado voluntariamente a ese momento crítico. Por suerte, entender que tipo de imágenes estaban pasando por la cabeza de esta persona me ayudó a cortar en seco su razonamiento pero no fue hasta al cabo de unos minutos que recuperamos el hilo argumental de la conversación.

El segundo ejemplo que me gustaría explicarte tiene más que ver con el receptor: yo. Este ejemplo es posible que tu también lo hayas vivido «en tus propias carnes» pero no por ello deja de ser interesante. En una conversación reciente me dijeron «eres un diamante», en este caso dejaron de lado el concepto de «diamante en bruto» así que, aparentemente, ya había pasado por las manos del joyero de turno y estaba listo para poner en la vitrina. En ese momento no le di más vueltas a esa parte y me enfoqué al resto de la conversación, porque no conseguía lo que deseaba y me había imaginado, así que estaba en lo que técnicamente podemos considerar como «bajón». Al cabo de las horas y ya en la cama, por la noche, por algún motivo me volvieron esas palabras a la cabeza y pensé «el diamante no se raya con facilidad, es de los materiales más duros que existen y son bonitos… eso es bueno» y luego vino el punto de auto-flagelación «pero… si se cae se rompe en mil pedazos muy fácilmente ¡OH DIOS MÍO!¡si me pego una torta no va a haber quien me recomponga!». Te puedes reír de mí tranquilamente porque confieso que mi diálogo interno fue exactamente así pero no te pases (que si me caigo…).

Por suerte identifiqué rápidamente lo que estaba haciendo en mi cerebro, en que me estaba basando para tener esos pensamientos y decidí simplemente parar para salir de esa sesión de masoquismo auto-infligida. Bueno… no sólo hice eso, también decidí ponerme delante del ordenador y alertar a los demás, a mi manera, que el uso de las metáforas sin control no es que no sirva de nada, es que puede ser realmente peligroso.

Así que la próxima vez que alguien te diga «es la gota que colma el vaso», deja de imaginarte ese vaso enorme delante tuyo, con una gota cayendo a cámara lenta y viendo como el agua empieza a derramarse cuando las ondas producidas por esa gota llegan al borde del vaso. No permitas que alguien te haga pensar que «estás en un callejón sin salida» cuando hay mil opciones para explorar, no dejes que nadie te venda nada con el pretexto de «ahora o nunca» cuando te queda tanto por vivir y, por descontado, no te «quedes anclado» en algo que no funciona, pues tu mente puso esa ancla ahí y tu mente puede borrarla, levantarla, cortarla, pintarla de color rosa y convertirla en un donut si hace falta… sólo depende de ti.

 

Fotografía de Hartwig HKD